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domingo, 5 de abril de 2009

Elena Gordillo Texto para el video

El armario de una mujer, el armario de dos mujeres el armario de tres mujeres el armario de cuatro mujeres, el armario de mil mujeres. Los secretos, las bragas, las cositas pequeñas, los trajes de noche, los disfraces de calle y las fiestas de disfraces, los restos de mis vidas pasadas, el vestido que compramos para salir dentro de dos semanas, el compás de espera entre dieta y dieta, la dignidad perdida y hallada dentro de unos zapatos de marca, las prendas que nadie quiere tirar, la ropa fea y la que sienta mal, los pantalones ajustados, las hombreras, el dobladillo y la bata de seda.

El tiempo que pasa entre talla y talla, el orden y el desorden por colores y alfabético, las puntillas, las alhajas, las postales pegadas en las puertas, son de gente con la que ya no hablas. Las cosas que estaban lejos de repente están en el segundo cajón. Los objetos perdidos los he colocado en la balda, así me llevo sorpresas cuando toqueteo a tientas.
Esto que ahora es mío no te lo presto, ¿Cuántos pañuelos tengo? No me caben más…

Prefiero estar desnuda a enseñar mi armario. Y que silencio dentro, cuando era pequeña siempre pensaba en él como el escondite perfecto, pero ahora cierro las puertas porque de noche da miedo.
Lo que significan las cosas que aparentemente no significan nada. De la tienda a casa, el regalo, el hallazgo, la construcción de uno mismo pedazo a pedazo, las horas muertas o vivas probando y probando. Lo que significan las cosas cuando significan algo, los huecos que quedan en su lado del armario, las historias que no cuentas, los amantes de chiste y los que ya no existen. Ojalá que te vayas y dejes espacio para guardar todo lo que no me dejas guardar.


Las polillas según dicen, se comen las tripas de los armarios, pero de estos no han tocado nada todavía. Que lujo tener de todo, que rabia no tener de todo. En realidad nunca tengo suficiente.
¡Qué viva la copla! Aquí están mis más antiguos deseos, quería tener este traje y ahora lo tengo. Mi trabajito me ha costado, no que va, a mi me lo regalan. Fui la primera, y aquí lo guardo. Mira, fui la última y aquí lo guardo.

Que raro es guardarte en un armario que no es tuyo. Por favor tráeme las cosas más feas, las que me importen menos, que no voy a estar aquí mucho tiempo. Guarda los tubos, las agujas, las fresas que tienen muchas vitaminas y más hierro que las lentejas. Guarda la ropa con la que he llegado que me iré con ella puesta, mirando hacia otro lado como si esto nunca hubiera ocurrido. Hecho de menos mis cosas, las he cosido yo todas.

Lleno lo que no puedes ver, las partes que tienes que completar, los espacios que contienen nada. Abres las puertas y allí están los tesoros, aunque te laves, te planches, te acicales o te pintes la cara, si me pierdes no tienes nada. ¿Qué es?…el arma-rio.

Textos libro Poesia de Maria del Carmen Moreno Saez

Los armarios guardan cosas, son la cápsula que encierra el tiempo; sueños desgranados, ajuares olvidados, verdades escondidas, huellas de madrugadas. Sus fondos salvaguardan las semillas que en forma de vestidos blancos de princesas de cuentos recogen las miradas limpias de alguna niña que se asoma al interior atisbando algún secreto guardado celosamente por alguien.

Los hilos, tersos y fuertes, se entremezclan con las estelas puras de una infancia que se desvanece con los años, recuerdos imborrables que se apilan en el armario de alguna de las mujeres de la obra de María Jesús. Disfraces que ocultan pasiones y sentidos, máscaras superficiales que silencian, a hurtadillas, retazos de la primera experiencia vivida.

Fragancias, mezcolanzas de aromas bañados con el suave perfume de la oliva recién cortada, ropas que esconden las duras tareas del campo salpicado de ramas verdecidas que cobijan, dan vida y desgastan ilusiones, eliminando los sueños .

Los armarios se engalanan para ocasiones concretas ocultando en su interior esencias de un pasado. Las prendas, celosamente guardadas, desprenden acordes de canciones ya olvidadas, efluvios de amigos que fueron y desaparecieron con el tiempo. Frente a él la mujer, despojada de su atuendo, rememora con nostalgia su pasado, sus encuentros.

Se desvanecen los sueños en la cama fría de un hospital, y allí el armario gris cobija la ropa que quiere abandonar la habitación. Sus urdimbres destilan titubeos, fluctúan dudas, recelos, incertidumbre… valoran las pequeñas cosas y acarician el regreso.

Las sedas se tornan frágiles cuando existen desalientos, y las ropas, desgastadas, acompañan los momentos, reavivando la memoria y curando el sufrimiento. Es el ocaso… los segundos, minutos y horas pasan, y los cuerpos ya cansados dilapidan los recuerdos. Extraen sustancias olvidadas en algún lugar de su armario y anhelando los reencuentros, devoran etapas perdidas, provocando abatimientos.

Los armarios de mujer guardan cosas; en su interior permanecen adormecidos amaneceres y ocasos perturbados por la sustancia viva que lentamente fluye y se desvanece, reliquias polvorientas que se amontonan en su interior cual preciado tesoro para salvaguardar retazos de historias truncadas y perdidas. Perfiles de vida… mitad mujer y mitad sueño.

lunes, 2 de marzo de 2009

TEXTO PARA EL CATALOGO DE OSCAR ALONSO MOLINA

EL ARMARIO DE PANDORA


La última anotación de Carlos Alcolea, escrita cuando ya estaba ingresado en la clínica madrileña donde fallecería el veinte de septiembre del año noventa y dos, inauguraba un nuevo cuaderno de dibujo que sólo llego a contener este premonitorio juego de palabras -siempre un desafío, como dice Barthes-: “Día-Río, enfermo”. Lo demás es silencio; páginas en blanco... También en el más reciente proyecto de María Jesús Abad encontramos por algún sitio un “Arma-río” de mujer hospitalizada; allí, un ama de casa jubilada de sesenta y ocho años de edad, madre de tres hijos, abuela de cinco nietos, se presta a enseñarnos los pocos enseres que acumula en la taquilla durante su estancia en un centro de salud: una bolsa de aseo, un par de zapatos, un pantalón, una camisa, un abrigo, una maleta, una radio, tres bolsas para guardar cosas, algo de ropa interior... Qué poco valen las cosas materiales en tales momentos cruciales de nuestra existencia, cuando todo parece provisional, breve, mortal. El peso de lo que nos liga al mundo se aligera, cede ligeramente al empuje de los acontecimientos decisivos de una vida que suelta lastre, rompe amarras y se encamina hacia no sabemos muy bien dónde. “Aguas distintas fluyen sobre los que entran en los mismos ríos. Se esparce y... se junta... se reúne y se separa... se acerca y se va”, recuerda Heráclito en uno de sus más célebres fragmentos. Las pocas cosas que Alcolea dejó tras de sí en la clínica me las enseñaba un día, hace ya bastantes años, B. C., su más íntimo amigo, sin poder contener las lágrimas. No había vuelto a abrir aquella postrera bolsa funeraria de objetos personales en todos los años que habían transcurrido desde entonces, y se emocionó ante el estampado de una camisa que reconoció y, seguramente, llenaba su cabeza de figuras, sonidos, episodios, mil detalles... Sí, se comenta mucho el poder de evocación primaria que los olores imponen a nuestra memoria, pero quizá deberíamos prestar más atención a las energías que pueden poner en movimiento los estampados, los cortes, las formas, los pliegues... María Jesús Abad explica estos armarios, que se abren para nosotros un tanto indiscretamente, casi desde el punto de vista antropológico o social, como una fórmula elíptica capaz de poner al descubierto substratos inapreciables en la intrahistoria de personajes anónimos, ayudándonos a revelar lo que desde hoy mismo se oculta. De hecho, no es tanta casualidad que en torno al feminismo y la causa reivindicativa gay se diga mucho eso de “salir del armario” cuando se habla de la lucha por la visibilidad de las voces, los gestos, las actitudes tradicionalmente reprimidas. “Arca cerrada con llave, lo que guarda no se sabe”, dice por su parte nuestro refranero. Pero yo me temo que, más que nada, estos armarios funcionan al cabo como singulares cápsulas del tiempo: paquetes concentrados que cuentan algo a los por venir y que, por lo tanto, arrastran consigo todavía algún contenido monumental, conmemorativo, e inevitablemente fúnebre. Al empeñarse en abrirlos, la autora ve cómo escapan al mundo no sólo las desgracias del hombre, bajo las figuras del despilfarro o la pobreza, de la tristeza de las cosas que se agotan, de la muerte de las ilusiones ya consumidas, de la veleidad de las pasiones que impulsan nuestros deseos, etcétera, sino también buena parte de su belleza y armonía, con el ritmo que pauta el orden de las cosas en el espacio doméstico –sobre todo en torno al universo femenino-, con el ornamento como herramienta fundamental para volver habitable la vida, con la búsqueda del ajuste entre el hombre y las medidas que él toma sobre el mundo... Entre unas y otras, lo de dentro se mezcla con lo de fuera, ¿lo ves?, haciéndose así casi imposible distinguir con total nitidez si estos armarios muestran u ocultan, revelan o protegen; lo mismo que saber ya si son de una mujer en concreto o de un arquetipo que proyectamos sobre ella. Quizá porque según la etimología, Pandora es “el regalo de todos”; aunque dicen otros autores, que es “la que da todo”. Amén.
Óscar Alonso Molina [Madrid, Febrero de 2009]